La sepultura del moro

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https://www.orthodonticpartners.net/mirtyew/3392 Durante la construcción de la torre de la iglesia uno de los obreros cayó desde lo alto y la huella del cadáver quedó marcada sobre la piedra del suelo. SALAMANCA24HORAS rescata del olvido nuevos relatos sobre los mitos, leyendas e historias prodigiosas de la tradición salmantina


La invasión árabe trajo consigo un periodo de dominio en la Península Ibérica, pero también de simbiosis cultural. En el folclore popular es frecuente encontrar relatos fantásticos sobre la reconquista, adornando con valor y fiereza el simple deseo de sobreponerse al yugo musulmán. Pero en ocasiones la narración se desenvuelve por terrenos aleccionadores, a modo de fábula, para dejar testimonio entre las generaciones venideras de lo que aconteció antaño y puede volver a repetirse. Es el caso de la sepultura del moro en Aldeadávila de la Ribera.
 
Cuenta la leyenda que una vez reconquista la localidad arribeña por parte de los cristianos, sus repobladores se apiadaron de algunos invasores y les permitieron permanecer a cambio de realizar trabajos forzosos y todas aquellas labores indignas para los lugareños. Los árabes que prefirieron sobrevivir fueron empleados para reconstruir la parte del pueblo arrasada durante la contienda bélica.
 
Fue entonces cuando se quiso transformar el antiguo torreón de la fortaleza en una torre que dominase toda la comarca. Con una función militar de vigía, pero también de ostentación de poder para amedrentar al pueblo y a los enemigos. Así, se iniciaron los trabajos para acrecentar la altura, cual torre de Babel en busca de tocar el cielo. El señor de la aldea había escuchado grandes relatos de construcciones que habían realizado los moros en el sur de la Península, torres tan altas que ni siquiera las fuerzas de la naturaleza serían capaces de derribarlas. Él quería superarlas a todas ellas.
 
Cada mañana un grupo de jóvenes árabes que no fueron desterrados de Aldeadávila acudía a la plaza del pueblo para iniciar su labor. Piedra a piedra, la altura de la torre iba creciendo. Sin descanso, hasta el ocaso, los albañiles cuidaban cada detalle. Dentro de la torre, una escalera de caracol se alzaba hasta la cumbre. Pasada una semana, las obras se dieron por concluidas, pero el señor estaba insatisfecho. Quería más. Aquella torre no era lo suficientemente alta como para superar a todas las demás. Ingenieros y obreros le explicaron que no era posible, que el terreno no aconsejaba una mayor altura y que incluso se corría el peligro de que toda la obra se viniera abajo. Pero el señor, impaciente por ver cumplido su deseo, les ordenó continuar los trabajos si no querían ser decapitados.
 
Con resignación, los obreros volvieron a levantar los andamios y ascendieron hasta lo alto de la torre para continuar incrementando su altura. Trabajaban de sol a sol. La fatiga se acumulaba. El señor de la aldea vigilaba las obras para no permitir un ápice de duda. Tal era el cansancio y la presión que uno de los jóvenes árabes que acometía las obras perdió el conocimiento, resbaló y cayó desde lo alto de la torre. Su cuerpo impactó con tal fuerza contra el suelo que dejó una hendidura sobre la piedra. La lastra quedó marcada con la huella del cadáver y así permaneció durante siglos para que los lugareños recordaran tan trágicos hechos. La sepultura del moro la llamaban.
 
En dos ocasiones se han removido las piedras y tierras de la plaza de Aldeadávila de la Ribera para su reforma, encontrándose restos humanos bajo el lugar donde se precipitó al vacío el obrero. Y cuentan los más viejos del lugar que se quisieron retirar aquellas calaveras y dientes, pero estaban tan fijas a la tierra que resultó imposible, permaneciendo aún en las entrañas de la plaza.
 
 
 
 
@2020  Aldeadávila de la Ribera